Prometo volver

PROMETO VOLVER.

Miré al suelo y allí resplandecían, al pie de cada mesa. Ahora es lo que se lleva, inquirió Pilar en un tono algo displicente, mientras mi mirada recorría cada centímetro de aquel cuadriculado suelo.

Mientras el camarero nos acomodaba, mi mente se esparció medio siglo atrás. La melancolía es fiel escudera de nuestro espacio más íntimo, se preocupó de rimar el poeta.

Aún te acuerdas, me espetó Pilar, risueña, comedida. Ante mí, el recuerdo de aquel cerro, aquel promontorio, lo más elevado que veríamos ambas durante años. Una arista del espacio que nos transportaba, sol mediante, al crisol de colores en que los viejos delatores de la decadencia decidieron depositar su destino.

Su mirada esperaba asentimiento, una leve sonrisa, una prueba a través de la comisura de mis labios que le confirmará a su ya mirada glauca que todo estaba almacenado y dispuesto a ser transportado. Aún no descenderé por las aguas de Leteo. Queman.

Los pies en el barro, los zapatos en las manos. Los calcetines blancos que dejaban su pureza para el Domingo de Ramos. Las mulas, los arrastres, las calles pedregosas, el insufrible traqueteo de las carretas. Te acuerdas del primer coche que vimos, digo, mientras Leteo abre sus limes. Hoy no medrarás en mí. Tus aguas queman.

Vuelvo al suelo, al infinito. Me cuesta creer que las mesas fueran trillos, en aquella ciudad donde las vanguardias habían trastocado hasta el último e insulso rincón. Ayer menospreciaban el pueblo, deploraban la siega y el esparto, y se mofaban de la boina. Creo que Pilar imagina qué pasa por mi cabeza. El infinito es demasiado tiempo, la piedra y el yunque darán fe.

Tu padre tuvo la culpa. Arranco de nuevo mi espíritu de tus aguas. Nuestros veranos sobre mulas y trillos. Eso cuando nos dejaban, me replica ella en tono melifluo. Tu padre siempre fue bueno, querida. Te acuerdas, me repite.

Vueltas y vueltas y más vueltas, así aprendimos a hacer círculos, le respondí. Después vino la geometría. Recuerdas. El radio. El perímetro. Doña María. La cándida voz de doña María, aquella maestra menuda, de voz aguda y manos finas, que igual declinaba la segunda que hacía de Pitágoras un caballero andante. Suspiran mis recuerdos.

Y los granos salían aventados. Y la cebada picaba tanto como las chinches. Y la piel rojiza, irritada. Aguamanil y palangana, talco y reprimendas. La secuencia espera solemne en casa cada verano. El infinito ocupa mucho espacio. Los rituales darán fe.

Aún recuerdo a tu madre, me dice su voz queda. Quiere devolverme la pelota. Lo sé. Siempre tuvo envidia. Ella se quedó huérfana tras la guerra. Sus dolores se oían más allá del cerro, decían. El mal de las mujeres se la llevó, decían, a su madre. El destino es demasiada carga. Doy fe.

Mis manos acariciaban aquella mesa, aquel barniz desgastado con los años y que Pilar aseguraba que era muy moderno. El tacto es un sentido olvidado. Vemos, insensibles a las palabras. Oímos, palabras mudas. Aquella rugosidad refulgía con fuerza ante mis ojos. Mi cara pronto tendrá este marco, me dije. Reí.

Cómo se llama el otro río, pregunto súbitamente a Pilar, despertándola de un milimétrico candor. Sí, aquel del que si bebes no olvidas. Me mira extrañada. La memoria, como el infinito, ocupa mucho espacio. Hubo un tiempo en que estos trillos dieron fe.

Supongo que los habrás contado, sabiendo cómo eres. Pilar se abrocha el abrigo justo antes de salir. Doce. Sí, los he contado, puedo dar fe de ello. También yo. Abro lentamente el paraguas, quiero detenerlo un segundo para agostar sus aguas. Lloverá mucho este año, me dice. Prometo volver.

Marina Bocigas Sanz.

Zaragoza. 15 de octubre de 2020